Un Lenguaje Responsable en Tiempos de Guerra

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Wittgenstein afirmó: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Les propongo que recurramos entonces a un lenguaje claro para describir los fenómenos del conflicto actual. ¿Por qué? Porqué es sumamente cómodo llamar “terroristas” a los miembros del Estado Islámico, pero también es peligroso y erróneo.

        Algunos actos violentos perpetrados por este grupo cómo el tiroteo contra el semanario Charlie Hebdo; son definitivamente terroristas, en tanto que buscan la destrucción del individuo y por extensión la del símbolo. Asesinar caricaturistas es la acción real que busca aniquilar simbólicamente la libertad de expresión. Sin embargo, el rápido avance en la consolidación de un Estado, otorga nuevas características al proceder sangriento de este grupo.

       Con la masacre perpetrada en París el 13 de Noviembre, es evidente el cambio intelectual del Estado Islámico en materia política: No se busca asesinar civiles para asestar un golpe simbólico a la integridad del pueblo francés. Se trata de un acto abierto de guerra y en contra la soberanía francesa; de “Terrorismo de Estado”, que no debe confundirse en ningún momento con un acto enajenado de provocación y terror.

        ¿No son entonces terroristas los perpetradores de estos hechos? No realmente…, son genocidas al servicio de un Estado Político. Si lo que pretenden países como Francia o Estados Unidos, es exterminar a un grupo terrorista alienado y escondido en algún lugar remoto de Oriente Medio, están equivocados.

        El Lenguaje juega aquí un papel fundamental, puesto que la amenaza es superior a lo que se pretende: Nos enfrentamos en realidad, a un Estado Civil Político y no solo a un grupo terrorista. Afín a este pensamiento el psiquiatra y antropólogo Richard Rechtman afirma:

         Es más cómodo identificar a los verdugos como gente malvada, sádica, pero no es así. (…) Los genocidas hacen lo que se les pide sin hacerse preguntas. Aquí además hay una dimensión de teatralidad, que los terroristas manejan muy bien. Los miembros del ISIS (Estado Islámico en Inglés) son occidentales, conocen Europa y a la vez Oriente Próximo, así que tienen un conocimiento excepcional de lo que nos aterroriza y a la vez les glorifica.

(L’ideal et la cruauté, 2015).

 Así mismo, debemos tener en cuenta que en toda guerra hay dos perspectivas opuestas; dos caras de la misma moneda. Los actos violentos (bombardeos, tomas, tiroteos, etc.) que, han llevado a cabo países Europeos y Estados Unidos en medio oriente durante años y que hacen parte de la contraofensiva, dibujan un panorama atroz para los niños y hace de sus mentes, terreno fértil para la propagación de la violencia. Es fácil en un contexto así, que un niño sea convencido por líderes del islam extremista de que debe asesinar (inclusive dar su vida), para “salvaguardar su cultura, su religión y su territorio”.

         Por otra parte, en septiembre de 2014 durante una conferencia internacional sobre la paz, celebrada en París; el Ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Laurent Fabius anunció que a partir de entonces no se le llamaría Estado Islámico a este grupo, sino Daesh.

          El motivo evidencia un intento, por hacer un uso responsable del lenguaje. Se afirma que al llamar “Estado” a este grupo, se reivindica el ideal de un Gobierno asentado (pero no oficial) en un amplio territorio en Irak y Siria, y que rige las vidas y los destinos de casi 11 millones de personas.

           No obstante, el término “Daesh” tiene connotaciones negativas para los yihadistas ya que rememora palabras como “intolerante” o “el que siembra discordia”, lo cual es para ellos una palabra fabricada por sus enemigos y por la que castigan duramente a los que la emplean, a través de prácticas barbáricas como la extirpación de la lengua.

          Este ánimo propagandista occidental es peligroso, puesto que elabora un discurso violento y lascivo, que no aborda objetivamente la situación. Además, no interpreta la relación real del grupo yihadista con el territorio, los ciudadanos que se encuentran en medio del conflicto, los fondos oscuros que financian sus acciones y los objetivos internacionales que persiguen.

          A propósito de este particular, viene a mi mente una máxime consignada en The Olive Tree (1936) por Aldous Huxley que reza: “El propósito de la propaganda es hacer que una parte de la población olvide que otra cierta parte de la población también es humana”.

          Como ya lo he mencionado, es muy cómodo llamar “terroristas” a los miembros del Estado Islámico, pero también es peligroso, erróneo e irresponsable. Una mirada objetiva al lenguaje sobre este asunto nos permitirá comprender la magnitud del problema: Los miembros del Estado Islámico son genocidas al servicio de un Estado Civil Politizado, con una extensión territorial – de límites invisibles e imprecisables-, que se jactan de decir, es más grande que la de Gran Bretaña.

          Solo es posible organizar una contraofensiva plausible si se reconoce al enemigo tal y como es. No podemos caer en el error de subestimarlo o analizarlo desde una perspectiva irresponsable y reduccionista. Las palabras deben ser nuestras aliadas y no solo pequeños kamikazes de la propaganda oficial y desinformativa.

Arturo Hernandez
Bogota D.C 2015

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