Acercamiento al Maestro: Cesar Vallejo

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I

Existen fotografías de poetas que en la actualidad son icónicas, en particular las que nos llegan del siglo XIX. Impacta ver las varias que le fueron tomadas a “Baudelaire”, su rostro emergiendo de las penumbras, desde los abismos de sus placeres y obsesiones. La fotografía de “Rimbaud” joven, gesto distraído, nos revela algo de su ironía, de su interés por ver un poco más allá. Esta técnica fue desarrollándose a la par de las ciencias y desde el siglo pasado es arte, es polémica, es trasunto cotidiano. Las escasas instantáneas de Trakl, de su niñez, nos muestra a un ser habitado (como lo han escrito) por una enorme tristeza, del afán de expiar y expresar lo que densamente se leerá en sus poemas. Y César Vallejo… Hay varias fotos de él que son hitos, símbolos, postales. Una en particular, se le ve sentado sobre una banca, seguramente de algún parque de Francia. (La imagen corresponde a 1929 y fue tomada en Niza). Viste de oscuro, lleva puesto –además- un sobretodo. Ha de haber sido un día de otoño, tal vez; la pierna izquierda sobre la derecha y la cabeza hacia abajo, ojos entrecerrados y la dominante sensación de hallarse reflexionando, ad portas del clímax de la angustia o de la poesía, pues todo en la foto transpira poesía, pero no la baladí de plañideros de ocasión o de romanticones de multitudes, no, es la vívida escena de un gran poeta, entregando todo de sí, dejando todo de sí en la fatigante búsqueda del verso, del hallazgo. ¿Sufre, dormita, recuerda?

 

II

     Ignoro si se han escrito ensayos serios sobre el fenómeno (si así se le puede nominar) de la eclosión de versos adolescentes. Supongo que al ser esto relativamente común, en particular aplicándose a chicas y chicos tocados por irrelevantes depresiones o turgentes manifestaciones eróticas, tal “fenómeno” sólo trasciende en pos de cursilerías y textos penosamente mal escritos. Voy, mejor, hacia esa rareza editorial que empezó a hacerse visible desde fines del siglo diecinueve. En nuestro idioma sabemos que Rubén Darío, Neruda, Huidobro, Juan Ramón Jiménez, etcétera, ya tenían obra publicada antes de los veinte años. No asombra que a esa edad ya se haya escrito, pero, ¿publicado? ¿Eran más precoces antes, se leía más, se pensaba más, o las musas andaban menos difusas? Inquietud y desconcierto, pues salvo excepciones, de esos poemas juveniles muy poco sobrevivió. Me atrevo a considerar que lo que hubo tras esa prisa editorial, no difiere mucho con el delirio actual por figurar y hacerse famoso lo antes posible, cueste lo que cueste. Sin embargo, el mismo Vallejo es, hasta cierto punto, precoz: tiene apenas veintiséis años cuando publica “LOS HERALDOS NEGROS” y este poemario, como los demás suyos, no es poca cosa. ¡Veintiséis años! Se barrunta con facilidad que muchos de esos poemas los ha escrito antes, algunos aparecieron en revistas y periódicos de la época y es singular que en alguien tan joven ya habitasen, con éxito, profundidad, belleza y maestría en el manejo del lenguaje poético.

 

III

     César Vallejo es un autor de culto, de estudio. Traducido y habitual  en cuanta antología exista; en el Perú es referente de instituciones educativas, de billetes e incluso de un equipo de fútbol. Epítome para la lírica de un país bastante agraciado con poetas notables. Neruda suele citarlo no con su usual desdén narcisista, el mismo que mantuvo hacia otros escritores contemporáneos, lo aprecia no como rival, sino como su par: argucias de egos que se difuminan en chismes irrelevantes. Fue docente en una de tantas desoladas y atrasadas escuelas de la américa latina del siglo pasado, con pocos recursos arriba a la anhelada “Meca” del arte, de la cultura, de la literatura y en la práctica de todo: París. Era poco menos que un delito, en esas primeras décadas del siglo XX, no saber francés, no hablarlo, leerlo e incluso escribirlo. París era la meta, la consagración, el fin último de nuestros poetas modernistas y vanguardistas; París y después morir, sea de hambre, de frío, de sífilis o de ausencias. Allí nacieron varios ismos y de no ser por la segunda guerra mundial, todo bautismo como artista o escritor tendría que hacerse allí, salvo que se optara por ser un don nadie, un anónimo. Y aún es tendencia, París con sus museos, catacumbas y cloacas sigue a la vanguardia de no pocas megalomanías regionales. Vallejo también acude a Madrid, viaja a Rusia, intenta adaptarse a las extrañas y difíciles idiosincrasias europeas. Cansado y sombrío se le suele ver, agregaría también que decepcionado y convencido de la estupidez del género humano, tanto en París, como en Madrid y en Lima…

 

IV

     La bibliografía de un autor suele ir al final, como créditos de escasa importancia. Es vitrina en donde suelen atropellarse listas enormes de títulos. La de Vallejo es breve y en lo personal me sorprende: en vida sólo publicó dos libros de poemas, el ya citado y “TRILCE”, los demás poemarios aparecieron póstumamente, gracias a la diligencia de su viuda. (“España, aparta de mí ese cáliz”, estuvo bastante en ciernes, pero la pronta muerte del poeta le impidió allegarse, creo, a correcciones.) Pero es variada la bibliografía del poeta peruano: cuentos, novela, crónicas, ensayos, teatro y multitud de artículos. Personalmente desconozco la casi totalidad de su obra en prosa y peor aún, la de sus trabajos en la dramaturgia.

Vallejo, como todo gran poeta, jamás ha debido dejar de pensar, de estar, de ser en función de su yo poético. Muere joven, cuenta con tan sólo cuarenta y seis años, edad que en la actualidad está muy por debajo de los promedios de su país y de la mayoría de naciones. Podría plantearse una discusión entre bizantina y estéril: ¿qué edad es la perfecta para escribir poemas, la juvenil de Lautremont y Rimbaud, o la extensa de un Borges, de un Nicanor Parra (para citar algunos casos)? La muerte, burlonamente, prepara la mesa y deja palpitante la pregunta urticante y sibilina: ¿si no hubiesen muerto tan pronto Silva, Trakl, Gaitán Durán, qué tanto más habrían escrito?

Pero cifras y fechas son inevitables: César Vallejo, en un lapso de veinte años, publicó sus dos primeros títulos poéticos. “Veinte años es nada”, ah sí, pero fueron suficientes para dejarnos un legado de la más excelsa poesía escrita en castellano. No es complicado inferir, pues, una lección contundente: obras como la suya, la de Kavafis, Celán, Machado, Aurelio Arturo –entre otros- no requiere de irrupciones en catálogos o de estridencias constantes en las editoriales, con libros y libros a tutiplén. Para la poesía, la auténtica poesía, la cantidad no es garantía de calidad, jamás lo ha sido, jamás lo será.

 

V

     “LOS HERALDOS NEGROS”. El primer poema lleva ese mismo título y a partir de allí, apreciamos la personalísima voz, música y tono de Vallejo: “Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé”, me encantaría saber en qué idioma o cultura no se habrá expresado esa frase o no se habrá repetido innumerables veces. Pero el poeta la ubica perfectamente ante esa compleja confrontación con la realidad. Sus “Nostalgias imperiales” son bellísimas, sobrecoge el hermoso soneto a “la andina y dulce Rita de junco y capulí”, que hermoso cuadro, es la lenta, penosa y antigua servidumbre de la mujer conquistada y esclavizada, pero que conserva el profundo diálogo entre su sensibilidad y los paisajes. La madre, el padre, el hermano Miguel escondido para siempre, el arriero “fabulosamente vidriado de sudor”, las constantes referencias católicas y, por supuesto, las infaltables amadas, participan de una exquisita cantidad de poemas, en donde la evocación y la precisión del joven poeta Vallejo, se hacen certeros a través de múltiples rimas y versos libres

Con “TRILCE” hay, si se quiere, mayores líos que con el libro anterior. “LOS HERALDOS NEGROS” fue prontamente tildado de “modernista”, aclarando que para la crítica hispana, todo libro publicado entre 1896 y 1920 (aprox.), debería ser secuela del modernismo. Empero, con “TRILCE”, el asunto ha sido truculento y lo seguirá siendo: ¿cómo ubicarlo, es origen de qué o cuál ismo, herencia del vigente en su momento (1922), paralelo a cuáles surgidos en Europa? ¿Es “TRILCE” apertura del abyecto e inútil “surrealismo” latinoamericano? En vida, el maestro Vallejo tuvo que lidiar con una serie de apelativos con respecto a este libro- Nos topamos pronto, en este poemario, con una sucesión de versos extraños, complicadamente podemos escuchar ese eco vallejiano de sus “Heraldos”, pero esta vez es distinto, aunque sabes que es de él. César Vallejo juega con la sintaxis, innova, destroza y crea una singular lúdica con el idioma. Sin querer resucitar cotarros pseudo eruditos, me atrevo a definir a “TRILCE” como a un gran juego, un divertimento del poeta fastidiado de lo mediocre, de la cárcel, de la pobreza y de sus oficios miserables. Lo imagino en algún divertido soliloquio: “pues si de mí se tiene una imagen luctuosa y ceremoniosa, les daré de que hablar, mezclaré lo sagrado, lo ruin y lo prosaico, en medio de versos e ironías” ¿No cuenta Max Brod que Kafka se reía sonoramente al leerle capítulos del “Proceso”? No son chistes, por supuesto, estos poemas marcados con números romanos, pero tampoco son esos sutiles versos para exultación de las mayorías. Sin embargo, son los versos –en conjunto- que menos me agradan de Vallejo, poco amigo soy de llevar al extremo mi psiquis o  la exégesis “propia” de doctos en literatura. Desconozco, la verdad, no sé qué quiso en últimas instancias, el poeta, con semejante demostración de caos lúdico-poético. Poco después partirá del Perú, ya no volverá. Tendrá años exigentes y los vivirá entre viajes, contactos y escrituras. Esos últimos años, unos catorce, hacen crecer indefinidamente más al hombre en el poeta. Abandona esa personal experimentación de “TRILCE” y se entrega al amigo, al semejante: es solidariamente humano, es colosalmente profundo, es telúricamente existencial. Halla, descubre, moldea esas aristas de lo vivencial que duelen e interrogan al ser, señala, desnuda y descifra códigos de dureza, de zozobra, de densa angustia. Aprehende el eterno y constante lenguaje de lo que es amor, dolor, vida y muerte, llevándolo hacia sus líneas, surgiendo esa espléndida colección de poemas que conocemos como “POEMAS HUMANOS”. Ha admitido en sí mismo el sacrificio y no se autoproclama mártir, sino hermano de todos. El César Vallejo de estos poemas es incuestionablemente el máximo poeta de la América hispana: nadie como él, nadie con él, él basta.

 

VI

     A usted, maestro y poeta Vallejo, para usted lo que se dibuja tras el paso del rocío, los juegos de luz en las tardes de verano… Cuando veía a mi padre en su parque, el rostro sumido en el recuerdo o en crucigramas, lento en la banca compartida, pensaba  en sus exilios, en sus casas, en París, en Madrid, su apartarse de amigos, de la madre, de la esposa para poder atraparse a solas y así ofrecerse desnudo y abatido a la poesía. A usted, grande sin dejar de crecer, castigando verbos, dándole abofeteadas a los vanidosos adjetivos, seduciendo al castizo castellano y ofreciéndolo después en magníficas aquelarres para queja del impotente, del atrapado entre versículos. Porque señor César Vallejo, usted quemó esas hojarascas de ismos cadavéricos, se burló en vida de cuanto topo asqueroso roía tierras infértiles del surrealismo, de incontables megalómanos, ególatras, poetastros y poetisas que sucumben ante la perfección de tus poemas.

Por respeto a usted deberían eliminarse cuanta estulta imagen apeste a los ojos, reducir al mínimo presencias de payasos de la imagen y del ego. Poco después de tu muerte también murió  España, faltaron quienes se uniese a la “Masa”, el bello cadáver ha seguido muriendo: es probable que de haber vivido un poco más, tu desconcierto te hubiese llevado a la escritura de unos “Poemas Inhumanos”.

Cuando la mística reconsidere lo que es realmente santo y sagrado, tendremos un vasto parque con tu nombre, altares y rocas donde sentarse y quedarse a solas para la mirada, la reflexión y el silencio de hojas y de sombras. Llueve ahora maestro César Vallejo y como el agua, irrumpe tu poesía en esta interminable aridez del existir…

 

Raúl Mejía.
Revista Noche Laberinto, 2015

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