-El Silencio en la voz de Alejo Carpentier-

Articulo originalmente publicado en 2013 y revisado por su autor para la difusión y promoción cultural sobre la obra de Alejo Carpentier, 2017.

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-El Silencio
en la voz de Alejo Carpentier*-

Alejo-Carpentier-relatos

“Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias,
en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro
que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema”.
Alejo Carpentier

Quizá somos nosotros y nuestras circunstancias como señaló Ortega y Gasset o quizá somos –en lo íntimo de nuestra existencia y a un tiempo-, muchos hombres, todos asombrados al unísono por vivir en este presente, sin poseer nada, sin arrastrar el ayer, sin pensar en el mañana, como habría dicho Carpentier.

Alejo Carpentier fue en palabras de José Juan Arrom (1963) “una de las pupilas más sensibles y penetrantes de la generación vanguardista” y a la vez, música pura –vibrátil y liquida-, que a pesar de las contingencias sociales de su tiempo, logró ser escuchada por miles de sensibles lectores que le reivindicaron una posición privilegiada como escritor, erudito, musicólogo y poeta que culminaría con la recepción del Premio Cervantes en 1977, sólo tres años antes de su muerte. Dueño de expresiones inmortales sobre el ruido voluminoso de la madera o la resonancia hueca de los pasos; de los pasos perdidos, su escritura es un icono palpable de la grandeza y el genio, un hito en el camino del lector.

Si bien durante mucho tiempo fuera lícito pensar que Carpentier había nacido en Cuba, el “reciente” hallazgo de su partida de bautizo nos cuenta que nació en Diciembre de 1904 en Suiza, país plurilingüe que con tantas joyas ha adornado el cálido cérvix clavicular de la literatura y que en 1878, viera nacer al arquitecto de la novela contemporánea Robert Walser.

Carpentier, al igual que Walser, definió –a través de su prolífica producción-, un marco novedoso de cánones estéticos que ha llegado a influir en la forma narrativa y en los estilos de construcción temática de un gran número de autores de nuestro tiempo. En consecuencia, es posible más no sencillo, imaginar el manifiesto latido poético, en la obra de García Márquez o de Álvaro Mutis, sin detenerse primero en la fuerza y la sutileza innatas, que en la obra de Carpentier nos sorprenden como un sol –arrojado acaso-, en mitad de la noche.

Haya sido tal vez, que a los 7 años estuviese tocando en su piano los preludios de Chopin; que a los 12 su padre le enseñase la grandeza de Balzac, de Zola y de Flaubert; que los 18 haya publicado su primer ensayo; que durante su joven adultez contó con la grata amistad de Diego Rivera, de Picasso y de Hemingway o haya sido –tan sólo quizá-, que siempre contó con un talento abrumador y una lucidez esplendida sobre la función diegética de los personajes, el silencio y el tiempo mismo, lo que lo condujo irrevocablemente a consumar obras como Écue-Yamba-O, Los Pasos Perdidos, El Siglo de las Luces y a producir cuentos tan masivos como Viaje a la Semilla o Los Fugitivos, además de relatos y ensayos que únicamente podrían ser descritos como hijos de un pensador lirico, cuyas palabras nacen del silencio y no parten de él.

Más aún, Carpentier fue uno de los máximos descriptores del entorno cultural que lo rodeó desde su infancia en Cuba. Desde sus noches enrojecidas por el éxodo de las mariposas, posó su ojo de periodista sobre la realidad del hombre mal nutrido y cargado de miseria que años más tarde plasmaría con genialidad a lo largo de su obra. Quizá debido a esto y al igual que otros pioneros de las artes en América Latina, se opuso osadamente a la corriente política imperante en su país, por lo cual fue encarcelado en 1927. No obstante, durante los siete meses que estuvo preso, Carpentier -adscrito al vanguardismo cubano y admirador del surrealismo francés-, redactó una primera versión de Écue-Yamba-O.

Mientras Heidegger publicaba Ser y Tiempo y Lorca su Romancero Gitano, Carpentier estuvo dando forma a Écue-Yamba-O hasta marzo de 1928 cuando en una de sus salidas condicionales de prisión –con el fin de atender a un congreso de periodistas-; conoció al poeta francés surrealista Robert Desnos quien le prestó algunos documentos y su pasaporte para huir a Francia, patria que lo recibió como madre adoptiva y engalanándolo con diversos puestos en revistas, le permitiría desarrollar un estilo novedoso y provocativo que indudablemente marcó su aparición en el continente literario, antes aún del Boom Latinoamericano con su magia creativa de estética insólita, exhaustiva y total que más tarde sería llamada lo Real Maravilloso.

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Carpentier, escritor dotado de una de las sensibilidades espaciales y descriptivas más asombrosas que entre los autores del Siglo XX pueda encontrarse, pluralizó el lenguaje de la senda poética para que desde los diversos ángulos –acaso inciertos-, de la prosa, pudiese construirse una voz mimética en la que la realidad fuese sí misma y a la vez, todo aquello que la ficción nos ofrece y que profundamente reconocemos como maravilloso e impracticable. Es posible, contrastar la totalidad pictórica, llena de matices y de honduras inadvertidas de Carpentier con el vasto, sobrio, hiperreal y exacto monologo de Mann. Al asistir –pacientemente-, a la revelación que estos colosos conquistan en sus obras, advertiremos que la esencia de la mimesis moderna está completa: Las palabras que cifran el mundo, han sido pronunciadas por el arte y se repiten sempiternamente en el seno tripartito de la realidad, la imaginación y el ensueño.

La memoria iluminada por el espectro tenue: La luz de los recuerdos… El valor inconmensurable de las anécdotas de Carpentier, resalta en la intención de lectura que de sus obras emana; debido a la veracidad con que ilustran estos recuerdos, la edad del continente y del mundo occidental, de la que fue partícipe tan entrañablemente. Carpentier, escritor barroco y a la vez vox populi; porqué ningún poeta escribe para sí mismo como señaló Gloria Fuertes, fue además una luz en la historia común, tempranamente permeada por el vacío existencial y el sinsabor que dos guerras mundiales –porqué los horrores de la guerra son obra del hombre-, dictaduras militares, corrupción, magnicidios y diversos desastres morales, nos dejaron escrito en los labios.

Debido a esto, la obra de Carpentier conturba el alma hasta una dulce y feliz catarsis. Describe con exactitud la necesidad de la magia en el mundo y los obscuros recovecos de la vida. La obra de este genio amplió los horizontes de la estética escrita. En cada estructura lirica en la que crea y recrea la imaginación de su niño interno –pues el poeta vive mientras sea niño-, desplaza la torpe ambigüedad de un idioma ultramarino y prematuramente violento, para regalarnos un lenguaje profundo de tonalidades precisas y sonoras.

La voz musical de Carpentier –audible a lo largo de su obra-, nos devuelve el negativo de su imagen: Una silueta que sobre unos papeles imprime lo que su corazón traspasa. Escribe por ejemplo en su diario del 22 de Diciembre de 1951: “A la hora en la que escribo estas líneas, he logrado dominar una tristeza profunda, que me persiguió toda la tarde”. Carpentier, fugitivo de la natural melancolía de los escritores, publicaría más tarde Guerra del Tiempo (1958) y un gran número de ensayos musicológicos que terminarían por confirmar la profundidad de su pensamiento y de sus reflexiones particulares respecto al arte y a la vida.

Es lícito pensar ahora que vibra en la obra de Carpentier una fibra existencial que se trenza constantemente sobre sus cavilaciones –tortuosas acaso-, y que vislumbran nuestros orígenes, nuestra identidad y la incertidumbre que sustenta en su gran cuerpo blanco y cenizo, la raíz misma de la vida. El personaje de El Acoso, por ejemplo, nos devuelve en sus primeros instantes, la idea de un paroxismo espiritual devenido del roce social que le es inmanente, en medio de la densidad luminosa de la Tercera Sinfonía de Beethoven. Esta catarsis cuyo trasfondo político es la dictadura machadista –de la que como ya hemos visto Carpentier fue víctima-, construye además el punto de fuga para la concatenación de eventos particulares que nos llevan a descubrir las inquietudes morales y religiosas de un personaje cuya consciencia desgarrada, se equipara a la náusea que el fenómeno natural produce en el Antoine Roquentin de Sartre.

Así mismo, Carpentier entreteje -con ternura manifiesta-, las identidades cultural, histórica, simbólica, artística y racial que nos son clave para comprender las hegemonías sociales en el continente –acaso en todos-, y en la agitación vital de sus personajes, recrea el afán individual y colectivo que siente el ser humano por la libertad. Ésta; dicho sea de paso, resulta ser siempre introspectiva y mágica, dado que más allá de las cadenas físicas y de las contingencias morales, existe un mito que es capaz de consolarnos. Ese mito es la palabra primigenia que en la inmensa profundidad de las orilituras africanas e indígenas que se exaltan, se entremezclan y se excitan bajo el manto de la historia esclavista, logra encontrar la senda hacía una poesía cuya voz es el alma y ésta sólo puede ser oída por la tierra ante los albores rebeldes y libres de lo que somos y de lo que el por venir reserva: Tal es la idea constitutiva de El reino de este mundo.

Carpentier falleció en 1980, el mismo año en que Lennon fue asesinado, que las cenizas de Henry Miller fueron arrojadas sobre Big Sur, que 20.000 personas acompañaron el féretro de Sartre hasta Montparnasse. Tenía 75 años cuando murió y no es de extrañar para quienes recordamos con dulzura su lirismo y su prosa, que sobre su mesa de trabajo, aún abierta y lista para materializarse en el mundo, yacía como un cuerpo caído, la partitura de Don Giovanni de Wolfgang Amadeus Mozart.

Carpentier

Arturo Hernández,
2013
Revista Noche Laberinto,
2017

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*Ahora que al obturar el gatillo del arma a la que más temo a este respecto –mi lectura-, encuentro en el armisticio de la apología algún consuelo, me agarro fuertemente a un egoísmo injusto pues es contra mí mismo –en otras condiciones, otras edades, otros patetismos-, y de él extraigo esa ilusión que siempre queda cuando nos medimos contra todo -bueno o malo-, cuanto fuimos. Este legajo, es sólo mi primera piedra arrojada desde la lejana orilla… Es un documento, en todo caso, que visto en esa condición de superfluo patetismo constituye el gran acierto de mi vida, escribir –rabiosa; necesariamente acaso-, aún con la cabeza hecha pedazos.

(Nota en respuesta: Arturo Hernández, 2017).

2 respuestas a “-El Silencio en la voz de Alejo Carpentier-

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