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-El Silencio en la voz de Alejo Carpentier-

Articulo originalmente publicado en 2013 y revisado por su autor para la difusión y promoción cultural sobre la obra de Alejo Carpentier, 2017.

-El Silencio
en la voz de Alejo Carpentier*-

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“Un día, los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias,
en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro
que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema”.
Alejo Carpentier

Quizá somos nosotros y nuestras circunstancias como señaló Ortega y Gasset o quizá somos –en lo íntimo de nuestra existencia y a un tiempo-, muchos hombres, todos asombrados al unísono por vivir en este presente, sin poseer nada, sin arrastrar el ayer, sin pensar en el mañana, como habría dicho Carpentier.

Alejo Carpentier fue en palabras de José Juan Arrom (1963) “una de las pupilas más sensibles y penetrantes de la generación vanguardista” y a la vez, música pura –vibrátil y liquida-, que a pesar de las contingencias sociales de su tiempo, logró ser escuchada por miles de sensibles lectores que le reivindicaron una posición privilegiada como escritor, erudito, musicólogo y poeta que culminaría con la recepción del Premio Cervantes en 1977, sólo tres años antes de su muerte. Dueño de expresiones inmortales sobre el ruido voluminoso de la madera o la resonancia hueca de los pasos; de los pasos perdidos, su escritura es un icono palpable de la grandeza y el genio, un hito en el camino del lector.

Si bien durante mucho tiempo fuera lícito pensar que Carpentier había nacido en Cuba, el “reciente” hallazgo de su partida de bautizo nos cuenta que nació en Diciembre de 1904 en Suiza, país plurilingüe que con tantas joyas ha adornado el cálido cérvix clavicular de la literatura y que en 1878, viera nacer al arquitecto de la novela contemporánea Robert Walser.

Carpentier, al igual que Walser, definió –a través de su prolífica producción-, un marco novedoso de cánones estéticos que ha llegado a influir en la forma narrativa y en los estilos de construcción temática de un gran número de autores de nuestro tiempo. En consecuencia, es posible más no sencillo, imaginar el manifiesto latido poético, en la obra de García Márquez o de Álvaro Mutis, sin detenerse primero en la fuerza y la sutileza innatas, que en la obra de Carpentier nos sorprenden como un sol –arrojado acaso-, en mitad de la noche.

Haya sido tal vez, que a los 7 años estuviese tocando en su piano los preludios de Chopin; que a los 12 su padre le enseñase la grandeza de Balzac, de Zola y de Flaubert; que los 18 haya publicado su primer ensayo; que durante su joven adultez contó con la grata amistad de Diego Rivera, de Picasso y de Hemingway o haya sido –tan sólo quizá-, que siempre contó con un talento abrumador y una lucidez esplendida sobre la función diegética de los personajes, el silencio y el tiempo mismo, lo que lo condujo irrevocablemente a consumar obras como Écue-Yamba-O, Los Pasos Perdidos, El Siglo de las Luces y a producir cuentos tan masivos como Viaje a la Semilla o Los Fugitivos, además de relatos y ensayos que únicamente podrían ser descritos como hijos de un pensador lirico, cuyas palabras nacen del silencio y no parten de él.

Más aún, Carpentier fue uno de los máximos descriptores del entorno cultural que lo rodeó desde su infancia en Cuba. Desde sus noches enrojecidas por el éxodo de las mariposas, posó su ojo de periodista sobre la realidad del hombre mal nutrido y cargado de miseria que años más tarde plasmaría con genialidad a lo largo de su obra. Quizá debido a esto y al igual que otros pioneros de las artes en América Latina, se opuso osadamente a la corriente política imperante en su país, por lo cual fue encarcelado en 1927. No obstante, durante los siete meses que estuvo preso, Carpentier -adscrito al vanguardismo cubano y admirador del surrealismo francés-, redactó una primera versión de Écue-Yamba-O.

Mientras Heidegger publicaba Ser y Tiempo y Lorca su Romancero Gitano, Carpentier estuvo dando forma a Écue-Yamba-O hasta marzo de 1928 cuando en una de sus salidas condicionales de prisión –con el fin de atender a un congreso de periodistas-; conoció al poeta francés surrealista Robert Desnos quien le prestó algunos documentos y su pasaporte para huir a Francia, patria que lo recibió como madre adoptiva y engalanándolo con diversos puestos en revistas, le permitiría desarrollar un estilo novedoso y provocativo que indudablemente marcó su aparición en el continente literario, antes aún del Boom Latinoamericano con su magia creativa de estética insólita, exhaustiva y total que más tarde sería llamada lo Real Maravilloso.

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Carpentier, escritor dotado de una de las sensibilidades espaciales y descriptivas más asombrosas que entre los autores del Siglo XX pueda encontrarse, pluralizó el lenguaje de la senda poética para que desde los diversos ángulos –acaso inciertos-, de la prosa, pudiese construirse una voz mimética en la que la realidad fuese sí misma y a la vez, todo aquello que la ficción nos ofrece y que profundamente reconocemos como maravilloso e impracticable. Es posible, contrastar la totalidad pictórica, llena de matices y de honduras inadvertidas de Carpentier con el vasto, sobrio, hiperreal y exacto monologo de Mann. Al asistir –pacientemente-, a la revelación que estos colosos conquistan en sus obras, advertiremos que la esencia de la mimesis moderna está completa: Las palabras que cifran el mundo, han sido pronunciadas por el arte y se repiten sempiternamente en el seno tripartito de la realidad, la imaginación y el ensueño.

La memoria iluminada por el espectro tenue: La luz de los recuerdos… El valor inconmensurable de las anécdotas de Carpentier, resalta en la intención de lectura que de sus obras emana; debido a la veracidad con que ilustran estos recuerdos, la edad del continente y del mundo occidental, de la que fue partícipe tan entrañablemente. Carpentier, escritor barroco y a la vez vox populi; porqué ningún poeta escribe para sí mismo como señaló Gloria Fuertes, fue además una luz en la historia común, tempranamente permeada por el vacío existencial y el sinsabor que dos guerras mundiales –porqué los horrores de la guerra son obra del hombre-, dictaduras militares, corrupción, magnicidios y diversos desastres morales, nos dejaron escrito en los labios.

Debido a esto, la obra de Carpentier conturba el alma hasta una dulce y feliz catarsis. Describe con exactitud la necesidad de la magia en el mundo y los obscuros recovecos de la vida. La obra de este genio amplió los horizontes de la estética escrita. En cada estructura lirica en la que crea y recrea la imaginación de su niño interno –pues el poeta vive mientras sea niño-, desplaza la torpe ambigüedad de un idioma ultramarino y prematuramente violento, para regalarnos un lenguaje profundo de tonalidades precisas y sonoras.

La voz musical de Carpentier –audible a lo largo de su obra-, nos devuelve el negativo de su imagen: Una silueta que sobre unos papeles imprime lo que su corazón traspasa. Escribe por ejemplo en su diario del 22 de Diciembre de 1951: “A la hora en la que escribo estas líneas, he logrado dominar una tristeza profunda, que me persiguió toda la tarde”. Carpentier, fugitivo de la natural melancolía de los escritores, publicaría más tarde Guerra del Tiempo (1958) y un gran número de ensayos musicológicos que terminarían por confirmar la profundidad de su pensamiento y de sus reflexiones particulares respecto al arte y a la vida.

Es lícito pensar ahora que vibra en la obra de Carpentier una fibra existencial que se trenza constantemente sobre sus cavilaciones –tortuosas acaso-, y que vislumbran nuestros orígenes, nuestra identidad y la incertidumbre que sustenta en su gran cuerpo blanco y cenizo, la raíz misma de la vida. El personaje de El Acoso, por ejemplo, nos devuelve en sus primeros instantes, la idea de un paroxismo espiritual devenido del roce social que le es inmanente, en medio de la densidad luminosa de la Tercera Sinfonía de Beethoven. Esta catarsis cuyo trasfondo político es la dictadura machadista –de la que como ya hemos visto Carpentier fue víctima-, construye además el punto de fuga para la concatenación de eventos particulares que nos llevan a descubrir las inquietudes morales y religiosas de un personaje cuya consciencia desgarrada, se equipara a la náusea que el fenómeno natural produce en el Antoine Roquentin de Sartre.

Así mismo, Carpentier entreteje -con ternura manifiesta-, las identidades cultural, histórica, simbólica, artística y racial que nos son clave para comprender las hegemonías sociales en el continente –acaso en todos-, y en la agitación vital de sus personajes, recrea el afán individual y colectivo que siente el ser humano por la libertad. Ésta; dicho sea de paso, resulta ser siempre introspectiva y mágica, dado que más allá de las cadenas físicas y de las contingencias morales, existe un mito que es capaz de consolarnos. Ese mito es la palabra primigenia que en la inmensa profundidad de las orilituras africanas e indígenas que se exaltan, se entremezclan y se excitan bajo el manto de la historia esclavista, logra encontrar la senda hacía una poesía cuya voz es el alma y ésta sólo puede ser oída por la tierra ante los albores rebeldes y libres de lo que somos y de lo que el por venir reserva: Tal es la idea constitutiva de El reino de este mundo.

Carpentier falleció en 1980, el mismo año en que Lennon fue asesinado, que las cenizas de Henry Miller fueron arrojadas sobre Big Sur, que 20.000 personas acompañaron el féretro de Sartre hasta Montparnasse. Tenía 75 años cuando murió y no es de extrañar para quienes recordamos con dulzura su lirismo y su prosa, que sobre su mesa de trabajo, aún abierta y lista para materializarse en el mundo, yacía como un cuerpo caído, la partitura de Don Giovanni de Wolfgang Amadeus Mozart.

Carpentier

Arturo Hernández,
2013
Revista Noche Laberinto,
2017

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*Ahora que al obturar el gatillo del arma a la que más temo a este respecto –mi lectura-, encuentro en el armisticio de la apología algún consuelo, me agarro fuertemente a un egoísmo injusto pues es contra mí mismo –en otras condiciones, otras edades, otros patetismos-, y de él extraigo esa ilusión que siempre queda cuando nos medimos contra todo -bueno o malo-, cuanto fuimos. Este legajo, es sólo mi primera piedra arrojada desde la lejana orilla… Es un documento, en todo caso, que visto en esa condición de superfluo patetismo constituye el gran acierto de mi vida, escribir –rabiosa; necesariamente acaso-, aún con la cabeza hecha pedazos.

(Nota en respuesta: Arturo Hernández, 2017).

No, no y no

No, no y no

Por:  Julio Cortázar

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El señor Silicoso está completamente loco si se imagina que voy a darle una hormiga. Por el momento no pide más que una, creyendo que va a convencerme con su modestia, pero al principio (el 22 de noviembre por la tarde) pedía mucho más, quería cantidad de hormigueros, legiones de hormigas, prácticamente todas las hormigas.

Está loco. No solamente no voy a darle la hormiga sino que tengo la intención de pasearme delante de su casa llevándola conmigo para hacerlo rabiar. Procederé de la manera siguiente: Primero me pondré mi corbata amarilla, y después de haber elegido la más esbelta y vivaz de mis hormigas, la soltaré para que se pasee por mi corbata. Habrá así un doble paseo, en el que yo iré y vendré frente a la casa del señor Silicoso y mi hormiga ira y vendrá por mi corbata. ¿He dicho un doble paseo? Más bien una apertura infinita de paseos en espiral, pues si bien la hormiga se pasea por mi corbata, mi corbata se pasea conmigo, la tierra me pasea en torno de la eclíptica, ésta se pasea a lo largo de la galaxia, que se pasea en torno de la estrella Beta del Centauro, y en ese preciso momento el señor Silicoso, que cree estar inmóvil, se asomará al balcón a tiempo para ver a mi hormiga perfectamente dibujada con todas sus patas y sus antenas sobre mi corbata amarilla que le parecerá, pobre hombre, una espada flamígera. Entonces empezará a soltar por boca y nariz una baba semejante al macramé, y su esposa e hijas acudirán para hacerle respirar sales y tenderlo en el canapé del salón. Salón que conozco demasiado bien, después de tantas veladas que he pasado bebiendo té frío junto a esa familia ávida de insectos.

Revista Noche Laberinto,
2017

Acercamiento al Maestro: Cesar Vallejo

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I

Existen fotografías de poetas que en la actualidad son icónicas, en particular las que nos llegan del siglo XIX. Impacta ver las varias que le fueron tomadas a “Baudelaire”, su rostro emergiendo de las penumbras, desde los abismos de sus placeres y obsesiones. La fotografía de “Rimbaud” joven, gesto distraído, nos revela algo de su ironía, de su interés por ver un poco más allá. Esta técnica fue desarrollándose a la par de las ciencias y desde el siglo pasado es arte, es polémica, es trasunto cotidiano. Las escasas instantáneas de Trakl, de su niñez, nos muestra a un ser habitado (como lo han escrito) por una enorme tristeza, del afán de expiar y expresar lo que densamente se leerá en sus poemas. Y César Vallejo… Hay varias fotos de él que son hitos, símbolos, postales. Una en particular, se le ve sentado sobre una banca, seguramente de algún parque de Francia. (La imagen corresponde a 1929 y fue tomada en Niza). Viste de oscuro, lleva puesto –además- un sobretodo. Ha de haber sido un día de otoño, tal vez; la pierna izquierda sobre la derecha y la cabeza hacia abajo, ojos entrecerrados y la dominante sensación de hallarse reflexionando, ad portas del clímax de la angustia o de la poesía, pues todo en la foto transpira poesía, pero no la baladí de plañideros de ocasión o de romanticones de multitudes, no, es la vívida escena de un gran poeta, entregando todo de sí, dejando todo de sí en la fatigante búsqueda del verso, del hallazgo. ¿Sufre, dormita, recuerda?

 

II

     Ignoro si se han escrito ensayos serios sobre el fenómeno (si así se le puede nominar) de la eclosión de versos adolescentes. Supongo que al ser esto relativamente común, en particular aplicándose a chicas y chicos tocados por irrelevantes depresiones o turgentes manifestaciones eróticas, tal “fenómeno” sólo trasciende en pos de cursilerías y textos penosamente mal escritos. Voy, mejor, hacia esa rareza editorial que empezó a hacerse visible desde fines del siglo diecinueve. En nuestro idioma sabemos que Rubén Darío, Neruda, Huidobro, Juan Ramón Jiménez, etcétera, ya tenían obra publicada antes de los veinte años. No asombra que a esa edad ya se haya escrito, pero, ¿publicado? ¿Eran más precoces antes, se leía más, se pensaba más, o las musas andaban menos difusas? Inquietud y desconcierto, pues salvo excepciones, de esos poemas juveniles muy poco sobrevivió. Me atrevo a considerar que lo que hubo tras esa prisa editorial, no difiere mucho con el delirio actual por figurar y hacerse famoso lo antes posible, cueste lo que cueste. Sin embargo, el mismo Vallejo es, hasta cierto punto, precoz: tiene apenas veintiséis años cuando publica “LOS HERALDOS NEGROS” y este poemario, como los demás suyos, no es poca cosa. ¡Veintiséis años! Se barrunta con facilidad que muchos de esos poemas los ha escrito antes, algunos aparecieron en revistas y periódicos de la época y es singular que en alguien tan joven ya habitasen, con éxito, profundidad, belleza y maestría en el manejo del lenguaje poético.

 

III

     César Vallejo es un autor de culto, de estudio. Traducido y habitual  en cuanta antología exista; en el Perú es referente de instituciones educativas, de billetes e incluso de un equipo de fútbol. Epítome para la lírica de un país bastante agraciado con poetas notables. Neruda suele citarlo no con su usual desdén narcisista, el mismo que mantuvo hacia otros escritores contemporáneos, lo aprecia no como rival, sino como su par: argucias de egos que se difuminan en chismes irrelevantes. Fue docente en una de tantas desoladas y atrasadas escuelas de la américa latina del siglo pasado, con pocos recursos arriba a la anhelada “Meca” del arte, de la cultura, de la literatura y en la práctica de todo: París. Era poco menos que un delito, en esas primeras décadas del siglo XX, no saber francés, no hablarlo, leerlo e incluso escribirlo. París era la meta, la consagración, el fin último de nuestros poetas modernistas y vanguardistas; París y después morir, sea de hambre, de frío, de sífilis o de ausencias. Allí nacieron varios ismos y de no ser por la segunda guerra mundial, todo bautismo como artista o escritor tendría que hacerse allí, salvo que se optara por ser un don nadie, un anónimo. Y aún es tendencia, París con sus museos, catacumbas y cloacas sigue a la vanguardia de no pocas megalomanías regionales. Vallejo también acude a Madrid, viaja a Rusia, intenta adaptarse a las extrañas y difíciles idiosincrasias europeas. Cansado y sombrío se le suele ver, agregaría también que decepcionado y convencido de la estupidez del género humano, tanto en París, como en Madrid y en Lima…

 

IV

     La bibliografía de un autor suele ir al final, como créditos de escasa importancia. Es vitrina en donde suelen atropellarse listas enormes de títulos. La de Vallejo es breve y en lo personal me sorprende: en vida sólo publicó dos libros de poemas, el ya citado y “TRILCE”, los demás poemarios aparecieron póstumamente, gracias a la diligencia de su viuda. (“España, aparta de mí ese cáliz”, estuvo bastante en ciernes, pero la pronta muerte del poeta le impidió allegarse, creo, a correcciones.) Pero es variada la bibliografía del poeta peruano: cuentos, novela, crónicas, ensayos, teatro y multitud de artículos. Personalmente desconozco la casi totalidad de su obra en prosa y peor aún, la de sus trabajos en la dramaturgia.

Vallejo, como todo gran poeta, jamás ha debido dejar de pensar, de estar, de ser en función de su yo poético. Muere joven, cuenta con tan sólo cuarenta y seis años, edad que en la actualidad está muy por debajo de los promedios de su país y de la mayoría de naciones. Podría plantearse una discusión entre bizantina y estéril: ¿qué edad es la perfecta para escribir poemas, la juvenil de Lautremont y Rimbaud, o la extensa de un Borges, de un Nicanor Parra (para citar algunos casos)? La muerte, burlonamente, prepara la mesa y deja palpitante la pregunta urticante y sibilina: ¿si no hubiesen muerto tan pronto Silva, Trakl, Gaitán Durán, qué tanto más habrían escrito?

Pero cifras y fechas son inevitables: César Vallejo, en un lapso de veinte años, publicó sus dos primeros títulos poéticos. “Veinte años es nada”, ah sí, pero fueron suficientes para dejarnos un legado de la más excelsa poesía escrita en castellano. No es complicado inferir, pues, una lección contundente: obras como la suya, la de Kavafis, Celán, Machado, Aurelio Arturo –entre otros- no requiere de irrupciones en catálogos o de estridencias constantes en las editoriales, con libros y libros a tutiplén. Para la poesía, la auténtica poesía, la cantidad no es garantía de calidad, jamás lo ha sido, jamás lo será.

 

V

     “LOS HERALDOS NEGROS”. El primer poema lleva ese mismo título y a partir de allí, apreciamos la personalísima voz, música y tono de Vallejo: “Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé”, me encantaría saber en qué idioma o cultura no se habrá expresado esa frase o no se habrá repetido innumerables veces. Pero el poeta la ubica perfectamente ante esa compleja confrontación con la realidad. Sus “Nostalgias imperiales” son bellísimas, sobrecoge el hermoso soneto a “la andina y dulce Rita de junco y capulí”, que hermoso cuadro, es la lenta, penosa y antigua servidumbre de la mujer conquistada y esclavizada, pero que conserva el profundo diálogo entre su sensibilidad y los paisajes. La madre, el padre, el hermano Miguel escondido para siempre, el arriero “fabulosamente vidriado de sudor”, las constantes referencias católicas y, por supuesto, las infaltables amadas, participan de una exquisita cantidad de poemas, en donde la evocación y la precisión del joven poeta Vallejo, se hacen certeros a través de múltiples rimas y versos libres

Con “TRILCE” hay, si se quiere, mayores líos que con el libro anterior. “LOS HERALDOS NEGROS” fue prontamente tildado de “modernista”, aclarando que para la crítica hispana, todo libro publicado entre 1896 y 1920 (aprox.), debería ser secuela del modernismo. Empero, con “TRILCE”, el asunto ha sido truculento y lo seguirá siendo: ¿cómo ubicarlo, es origen de qué o cuál ismo, herencia del vigente en su momento (1922), paralelo a cuáles surgidos en Europa? ¿Es “TRILCE” apertura del abyecto e inútil “surrealismo” latinoamericano? En vida, el maestro Vallejo tuvo que lidiar con una serie de apelativos con respecto a este libro- Nos topamos pronto, en este poemario, con una sucesión de versos extraños, complicadamente podemos escuchar ese eco vallejiano de sus “Heraldos”, pero esta vez es distinto, aunque sabes que es de él. César Vallejo juega con la sintaxis, innova, destroza y crea una singular lúdica con el idioma. Sin querer resucitar cotarros pseudo eruditos, me atrevo a definir a “TRILCE” como a un gran juego, un divertimento del poeta fastidiado de lo mediocre, de la cárcel, de la pobreza y de sus oficios miserables. Lo imagino en algún divertido soliloquio: “pues si de mí se tiene una imagen luctuosa y ceremoniosa, les daré de que hablar, mezclaré lo sagrado, lo ruin y lo prosaico, en medio de versos e ironías” ¿No cuenta Max Brod que Kafka se reía sonoramente al leerle capítulos del “Proceso”? No son chistes, por supuesto, estos poemas marcados con números romanos, pero tampoco son esos sutiles versos para exultación de las mayorías. Sin embargo, son los versos –en conjunto- que menos me agradan de Vallejo, poco amigo soy de llevar al extremo mi psiquis o  la exégesis “propia” de doctos en literatura. Desconozco, la verdad, no sé qué quiso en últimas instancias, el poeta, con semejante demostración de caos lúdico-poético. Poco después partirá del Perú, ya no volverá. Tendrá años exigentes y los vivirá entre viajes, contactos y escrituras. Esos últimos años, unos catorce, hacen crecer indefinidamente más al hombre en el poeta. Abandona esa personal experimentación de “TRILCE” y se entrega al amigo, al semejante: es solidariamente humano, es colosalmente profundo, es telúricamente existencial. Halla, descubre, moldea esas aristas de lo vivencial que duelen e interrogan al ser, señala, desnuda y descifra códigos de dureza, de zozobra, de densa angustia. Aprehende el eterno y constante lenguaje de lo que es amor, dolor, vida y muerte, llevándolo hacia sus líneas, surgiendo esa espléndida colección de poemas que conocemos como “POEMAS HUMANOS”. Ha admitido en sí mismo el sacrificio y no se autoproclama mártir, sino hermano de todos. El César Vallejo de estos poemas es incuestionablemente el máximo poeta de la América hispana: nadie como él, nadie con él, él basta.

 

VI

     A usted, maestro y poeta Vallejo, para usted lo que se dibuja tras el paso del rocío, los juegos de luz en las tardes de verano… Cuando veía a mi padre en su parque, el rostro sumido en el recuerdo o en crucigramas, lento en la banca compartida, pensaba  en sus exilios, en sus casas, en París, en Madrid, su apartarse de amigos, de la madre, de la esposa para poder atraparse a solas y así ofrecerse desnudo y abatido a la poesía. A usted, grande sin dejar de crecer, castigando verbos, dándole abofeteadas a los vanidosos adjetivos, seduciendo al castizo castellano y ofreciéndolo después en magníficas aquelarres para queja del impotente, del atrapado entre versículos. Porque señor César Vallejo, usted quemó esas hojarascas de ismos cadavéricos, se burló en vida de cuanto topo asqueroso roía tierras infértiles del surrealismo, de incontables megalómanos, ególatras, poetastros y poetisas que sucumben ante la perfección de tus poemas.

Por respeto a usted deberían eliminarse cuanta estulta imagen apeste a los ojos, reducir al mínimo presencias de payasos de la imagen y del ego. Poco después de tu muerte también murió  España, faltaron quienes se uniese a la “Masa”, el bello cadáver ha seguido muriendo: es probable que de haber vivido un poco más, tu desconcierto te hubiese llevado a la escritura de unos “Poemas Inhumanos”.

Cuando la mística reconsidere lo que es realmente santo y sagrado, tendremos un vasto parque con tu nombre, altares y rocas donde sentarse y quedarse a solas para la mirada, la reflexión y el silencio de hojas y de sombras. Llueve ahora maestro César Vallejo y como el agua, irrumpe tu poesía en esta interminable aridez del existir…

 

Raúl Mejía.
Revista Noche Laberinto, 2015

Descanse en Paz: Alberto Laiseca

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El escritor argentino Alberto Laiseca, fue autor de la novela Las Sorias y de diecinueve libros más, que hicieron de él uno de los más reconocidos narradores del continente. Su obra, ampliamente difundida y publicada, siempre sorprendió a sus lectores por la calidad y profundidad de su narrativa y por la tensión que en sus cuentos redundaba en un lenguaje hecho propio a través de una larga vida de lecturas.
Personalidades como el poeta Luis O. Tedesco, siempre impulsaron la lectura de la obra de Laiseca en hispanoamérica. Además, su forma única de interpretación (Reading Performance) y lectura de textos clásicos, lo hicieron ampliamente conocido y admirado.
Hace tan solo unos cuantos meses, Arturo Hernández , tuvo a bien contactarlo para realizar una entrevista para Noche Laberinto que sin embargo no llegó a tener lugar debido a motivos personales de los autores. En palabras de Hernándezla obra de Laiseca, es inquietante y abismal: La elegancia de su voz atípica y la contundencia de su escritura, hacen que leer sus textos sea describir un circulo entre lo que somos y lo que el lenguaje resulta ser.
Ahora, Revista internacional del cultura y artes Noche Laberinto, siente profunda y dolorosamente la muerte de Alberto Laiseca e invita a todos sus lectores, a re-leer la obra de este gran autor. Esta sea -quizá-, la mejor forma de demostrar nuestros respeto y admiración por su talento y sus letras.
Click Aquí para ver una muestra de su enorme talento
                  para crear tensión con la magia de las palabras:
Revista
Noche Laberinto,2016.

Poema: Noche en el Hotel Ambalá

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Noche en el Hotel Ambalá

 

Llegó la tarde
nadie lo esperaba
las luces intermitentes le señalaron el camino
ya por esas calles otros habían deambulado como ciempiés
y ahora le tocaba a él pasar la noche en vela.

A menos que alguien llegara
de improviso,
sin tocar la puerta

(Como en una vieja película de Bergman)

Y lo invitara a jugar ajedrez
o simplemente lo acompañara, lo escuchara…

Al rayar el día el mar estaría mas cerca.

Aquiles Cuervo,
Publicación original
Revista Noche Laberinto, mayo de 2014.

 

Poesía: Alexander Restrepo

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Si la poesía es, como la consideraba Lorca, la unión de palabras que forman algo asì como el misterio, entonces Alexander Restrepo ha hecho de sus palabras, el lugar de unión entre el misterio intimo de sus adentros y la reflexiva lucidez de su yo en el Tiempo.

La Revista internacional de Cultura y Artes Noche Laberinto, se enorgullece en presentar aquí una muestra de su poesía que fue publicada originalmente en nuestra Tercera Edición (2016).

Aquí vi el mar

No es la luz de las hogueras que desde Huaika
se ven danzar en Bogotá; no son las olas de su bruma
que parecen fantasmas huyendo de la guerra;
no son sus rayos intensos los que hacen
ceder la frente de los obreros y los bueyes,
son sus marismas de plata, ciudad azul
que corona las montañas con una belleza
indescifrable, tapada por los edificios
que crecen como palmeras y reflejan
el atardecer bermejo en  una habitación
de enamorados que saben que morirán
en el horizonte.

Alguien Rosa

Alguien, rosa, infinito te hace y te mece,
te ve quizás desde lejos y sabe su destino.
En su maleta no hay nada, solo tu nombre
permeado de lluvias negras que no logran
arruinar tus sienes, suenas, rosa, infinito
es tan solo el sol que buscan tus soldados.

 

Hecho fuego arriba

Dimensiones miden la palabra de los que transitan
a escondidas del demonio, de algún crimen,
de algún beso, y sube la marea que no pueden
deletrear en medio de los autos,
porque respiran una gala que de noche parece
maravillosa pero esconde el naufragio
de un sueño. Sobre sus ascuas las venas resisten
y cuelgan de cables calientes que de cerca nos traen
la luz del mundo. No hay miedo de morir
porque en medio de esta simetría
hemos aprendido a jugar con el fuego.

 

Alexander Restrepo,
Revista Noche Laberinto @ 2013-2017.